Haciendonos mayores...

lunes, enero 04, 2010

Año nuevo

Quise hablaros del snooker, de los torneos fantásticos que emiten en Eurosports, de cómo los locutores nos radian cada una de las jugadas como si se tratara de una posibilidad de gol, de lo bien que visten los participantes ingleses, te los imaginas como lores o sires cuando menos, de lo atento que está el público, de cómo vibra ante imagino, una pantalla gigante, porque algunos no podrán alcanzar a ver qué bola ha metido, pero sobretodo de lo bonito que es que cualquier variedad deportiva (cualquier variedad de cualquier cosa, me atrevo a decir) levante pasiones.

Pero pasado el día, pasada la romería, así que me imagino que debería hablar del año que empieza, o del que se ha ido, hacer una defensa de la Navidad –que sé que lo necesita-, de salir en Fin de Año, y (por favor) de los mensajes telefónicos y las postales, de aquellos tiempos en que los amigos aún respetaban las fechas obligadas para ponerse al corriente de la vida. También, quizá, de los propósitos de año nuevo. Pero este año nuevo me produce mucha pereza y prefiero zambullirme de lleno en la vida que me espera los próximos meses sin pensármelo demasiado. Dicho esto, soy consciente de que toda esta aclaración es como las columnas sobre qué vergüenza que Belén Esteban sea lo único que interesa a los españoles (pero yo me molesto en hablar sobre ello para darle más pompa, o para que mis lectores se sientan especiales), así que considero que he cumplido.

Hoy por lo tanto he cogido mis botas de montaña y (muy bien acompañada) me he ido a buscar petroglifos por los montes y a embarrarme las suelas en peligrosas veredas al borde de tempestuosos ríos. Tanta tempestuosidad, nos hizo hablar de lo bello, y también de lo sublime, los conceptos más interesantes que aprendí en la Universidad, aunque por supuesto, no recuerdo de ellos todo lo que merecían. Recuerdo, básicamente, que en una época en la que estaban con los cánones de belleza por aquí y por allá, y si la harmonía, y si el arte bien reglado, Burke –y también Kant, y muchos otros- establecieron la distinción excluyente entre la belleza (lo bonito, lo dulce, lo fácil de ver, lo bien trabajado) y lo sublime (que va más allá de la belleza, que no es bonito, ni dulce, ni fácil de ver, pero que nos coloca a nosotros mismos frente a nuestros límites y por lo tanto nos sobrecoge y nos asusta, pero nos atrae tanto que no podemos dejar de mirarlo).

La naturaleza en invierno, las tormentas, las olas de varios metros, el dolor, lo salvaje.
Lo que nos hace creer que estamos aprendiendo alguna verdad sobre el mundo.

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sábado, diciembre 26, 2009

Menos la calma

"¿La ética nos traiciona? ¿El sentido del deber nos traiciona? ¿La honestidad nos traiciona? ¿La curiosidad nos traiciona? ¿El amor nos traiciona? ¿El valor nos traiciona? ¿El arte nos traiciona? Pues sí, dijo la voz, todo, todos nos traiciona, o te traiciona a ti, que es otra cosa pero que para el caso es lo mismo, menos la calma, sólo la calma no nos traiciona, lo que tampoco, permíteme que te lo reconozca es ninguna garantía. No, dijo Amalfitano, el valor no nos traiciona jamás. Y el amor a los hijos tampoco. ¿Ah, no?, dijo la voz. No, dijo Amalfitano, sientiéndose de pronto en calma.

Y después, en susurros, como todo lo que hasta entonces había dicho, preguntó si calma era, en este caso, antónimo de locura. Y la voz le dijo: no, de ninguna manera, si lo que tienes es miedo a volverte loco, despreocúpate, no te estás volviendo loco, sólo estás manteniendo una plática informal. Así que no me estoy volviendo loco, dijo Amalfitano. No, en absoluto, dijo la voz. Así que tú eres mi abuelo, dijo Amalfitano. El tata, dijo la voz. Así que todos nos traiciona, incluida la curiosidad y la honestidad y lo que bien amamos. Sí, dijo la voz, pero consuélate, en el fondo es divertido".

Eso leo en 2666, de Roberto Bolaño. La mejor elección que he hecho en meses.

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miércoles, noviembre 25, 2009

Públicos entregados

Yo había renunciado al concierto de Joaquín Sabina desde que vi el precio, pero el destino no sabe de condicionantes materiales, así que a pesar de mi reciente desidia musical me vi con una entrada –gratis- en la mano porque el legítimo propietario decidió, tras escuchar el último disco, que canciones tan malas no merecían su presencia.

Llegué, con mi prima, cinco minutos antes de que empezara, y nos sentamos en diagonal. Quedé encajonada entre una pareja de dieciochoañeros y una familia que incluía a mamá, a papá, a la niña y a la tía. Antes de que Sabina apareciese, sonó una de sus canciones, y la gente ya comenzó a gritar, a aplaudir y a hacernos a todos partícipes de su alegría. Yo – que no iba preparada para la acción, sólo para la recepción- observé asombrada al público. Más asombrada aún cuando llegó Sabina y un gesto mínimo, un movimiento inesperado, un “boas noites” cosechaba una emocionadísima ovación. Tanto (pero tanto) entusiasmo me puso tierna. Comencé a contemplar a la gente con cariño, a aquella pareja que bailaba cada tema, a las chicas que hasta coreografiaban sus movimientos (las manitos para la derecha, las manitos para la izquierda, las manitos para la derecha...). En mi vida vi yo tanta pasión gratuita (y era mi cuarto concierto de Sabina), y entendí al instante de que hablaban los periódicos cuando decían que el público estaba entregado. Lamenté profundamente estar afónica y ser completamente inútil para hacer cuadrar mis palmas con las de los otros, y sobre todo, estar sumida en un estado melancólico de “oh dios, cómo me gustaban estas canciones, y cuanto tiempo ha pasado, y apenas recordaba esta letra ...”.

Hasta que el señor que tenía al lado me sacó de mi apatía. El papá de la familia, que era un sobrio, que no había hablado con ningún miembro de su familia, ni había aplaudido cuando los demás aplaudían (y sólo tímidamente cuando finalizaban los temas) se puso de pie en Princesa, y venga a gritar y a mostrar cuanta sangre tenía en las venas. Y me dije, si él puede, no seré yo menos, y venga a gritar y a mostrar cuanta sangre tengo en las venas.

La pareja post-adolescente, sin embargo, me decepcionó. A pesar de que no paraban de fumar, me hacían gracia, él con su bombín y ella con sus ojos repintados de negro, y dándose esos besos tan lentos, y abrazándose para corear juntos –cómo nos entedemos, cómo ponemos el énfasis en las mismas palabras- las primeras canciones (las que no conocía nadie), y después... poco a poco... desvaneciéndose... sentados cuando todo el público estaba de pie, callados cuando todo el mundo se desgañitaba.... demasiado jóvenes, quizás, para entregarse dos horas enteras, o –simplemente- para conocer las canciones que valen la pena.



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lunes, noviembre 09, 2009

El túnel-museo


Nuestro último día en Sarajevo comenzó tarde y con un desayuno que quisimos típico, por lo que pedimos una especie de churro que no sabía a churro y que era demasiado blando y grasoso. Pero era típico, y cuando estás fuera, eso es lo único importante.

Después, y tras las múltiples alusiones de Jack a una guerra que aún no entendíamos del todo, decidimos pasar la mañana (antes de coger nuestro autobús a Dubrovnik) en el tunnel museum, esto es, un túnel que se excavó durante la guerra de la ocupación para conectar el Sarajevo ocupado con el aeropuerto y la Bosnia libre, y que ahora sirve de museo. Dicho túnel se sitúa a las afueras de la ciudad, cerca del aeropuerto, por lo que buscamos entre la información turística qué autobús nos llevaría tan lejos. Era necesario hacer un trasbordo, en Ilidja.

Así que en Ilidja nos bajamos del autobús y nos encontramos con una plaza muy bulliciosa y llena de gente, y repleta también de autobuses que salían desde diferentes andenes. Pero el autobús que teníamos anotado parecía no seguir el camino deseado, y mirábamos paneles y más paneles llenos de autobuses que llevaban a sitios y más sitios que desconocíamos. Tratamos de preguntarle a una señora cómo llegar al lugar que deseábamos pero no hablaba nada que no fuese bosnio. Le señalamos un papel en el que teníamos escrito el nombre de la calle a la que íbamos y comenzó a hacer aspavientos y a asentir con la cabeza, antes de escribirnos un número en el papel, pero no, entonces dudó y lo tachó y le preguntó a un señor que nos quiso hablar en alemán, pero nosotras no sabemos alemán y entonces el señor le preguntó a otra señora, que se encogió de hombros y de repente se había montado un bello debate en bosnio sobre (supusimos) qué bus debían coger esas chicas extranjeras que parecían tan perdidas. Decidí ir a preguntar a una especie de oficina, y no había nadie, pero después un señor me gritó y resulta que sí, que el autobús era el primero que nos había dicho la mujer, y fui a esperar al andén y nos confundimos de andén y entonces la señora nos tocó el hombro y nos señaló el autobús, y justo cuando íbamos a subir advertimos, rápidamente, una mujer que pasa a nuestro lado. Ella no nos ve, pero es la señora de los ojos azules, la señora del hijo rubio y del hijo moreno, que se nos escapa para siempre sin que hayamos entendido su historia.


Bajamos del autobús en una especie de pequeño pueblo. Sopesamos si el autobusero podía habernos mentido al decirnos que bajáramos allí antes de encontrar una calle larga con el nombre del lugar que buscamos. Al final, en una casa vieja y desconchada una placa recuerda la gran labor que prestó esa familia al permitir que el túnel comenzase en el interior de su casa. Enfrente, el museo, al que se entra bajando la cabeza para no golpearla contra el techo. Los visitantes sólo podemos ver los primeros metros del túnel, que tiene 1'60 m de altura, 1 kilómetro de longitud, y que los bosnios atravesaban (sabremos después) con 60 kg de peso a la espalda (habría que aprovechar las incursiones para traer grandes provisiones de material). En una salita, nos muestran imágenes de bombardeos sobre Sarajevo y de la contrucción y uso del túnel.

En el exterior, un guía del museo explica en inglés el origen y el desarrollo de la guerra. Que se trató de un conflicto político y no social, que Yugoslavia fue un gran país durante la época del Mariscal Tito y que Tito era un gran dirigente (no esperes jamás que un ex-yugoslavo te hable de Tito en términos de dictador), que tras la desaparición de Tito, surgieron grandes divisiones en Yugoslavia, que en Serbia residía ya el poder de la antigua Yugoslavia (la capital, el 80% del ejército...) y que surgió Milosevic, que reivindicaba una gran Serbia. Tras la muerte de Tito los diferentes países de la zona comienzan a pensar en la autodeterminación y Eslovenia se independiza, de forma pacífica. En Bosnia, se aprueba un referéndum para independizarse, tras eso, la mayoría de los serbios se van y sólo quedan allí el 30%. La guerra comienza en Croacia, y en Sarajevo piensan que nunca llegará allí, que hay demasiados matrimonios mixtos, que no es sostenible. Pero llega.

En Bosnia no hay ejército profesional, y las colinas que la circulan parecen poner las cosas fáciles al ejército serbio. Sin embargo, Sarajevo resiste, y el guía insiste de nuevo en que eso se logró sólo gracias a la unión de toda la gente. Llegan las Naciones Unidas que se hacen cargo del aeropuerto y de un hotel, que se convierten en los únicos sitios seguros de la ciudad, pero no hacen más (señala nuestro guía con mucha acritud). Tiempo después, cuando se firman los acuerdos de Dayton, Naciones Unidas dice que si ven algún gesto extraño por parte del ejército serbio, intervendrán. Una vez que intervienen, la guerra termina en un mes. ¿Por qué no intervinieron antes? ¿Por qué esperaron tanto?, se pregunta el guía. Nos explica que es porque Naciones Unidad sostenía que se trataba de una guerra civil, pero nos explica también que eso no era verdad.

Luego otra chica nos explica la génesis de la nueva bandera bosnia (asépticamente propuesta por Naciones Unidas para no herir ninguna sensibilidad, pero con la que los bosnios no se identifican y que consideran artificial), y el tipo de armamento utilizado durante la guerra, justo antes de que miremos el reloj y exclamemos: !Vamos a perder nuestro autobús a Dubrovnik!

Corremos a por un taxi, corremos a por las maletas y llegamos justo a tiempo de comprar un bocata y coger el autobús, que nos lleva por carreteras bosnias al lado de un río, entre montañas, antes de llegar al mar (después de parar en la estación de Mostar, donde tanto nos gustaría ir a ver su puente). En la costa, la carretera sigue cada uno de los accidentes de la geografía, convirtiendo una distancia de 50 km como mucho en un trayecto de un par de horas.

A la llegada a Dubrovnik percibimos una ola de calor que nos recibe con toda su pegajosidad. En Sarajevo debía hacer unos 25 grados. En Dubrovnik casi 15 más. En la estación de autobuses nos reciben también miles de mujeres que ofrecen habitaciones. Cuando llegamos a nuestro hostal, lamentamos enormemente no habernos ido con ellas. No es que el hostal sea el peor del mundo, es que la señora que lo regenta ha tenido malas experiencias y afirma en el baño (que por lo demás es el baño de su casa) que si nos atrevemos a coger algunos de sus utensilios la rabia de dios caerá sobre nosotros (y lo verá a través de una camarita que ha puesto para descubrir tales fechorías...¡pervertida!).

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viernes, noviembre 06, 2009

Las laderas de las montañas

Cuando acabamos de comer nuestro cevapi es cuando advertimos que el hombre que está en la mesa de al lado nos mira y se ríe, nos mira y se ríe, antes de dirigirle la palabra a Tera (visiblemente enamorado) para decirle en rudimentario italiano que es la primera chica española rubia que ve. “No debe de tener mucho mundo”, pensamos nosotras. Pero no es así, ha trabajado en Francia, en Bélgica, en Italia (después sabremos que la cifra oficial de paro bosnio ronda el 45%), y hasta ha tenido un romance con Carmen, una mujer de algún lugar de Castilla y León.

Como es el primer bosnio que conocemos así, tan en profundidad, le damos conversación. A pesar de su extraño aspecto, su mochila reventada y sus repentinas risas. Le preguntamos qué tal es vivir en Sarajevo y qué es lo que más le gusta de la ciudad, y enseguida se ofrece a enseñarnos todo lo que valga la pena. Nosotras nos miramos, y dudamos: “Vamos hacia la mezquita”, le decimos. Él cree que es una gran idea, y nos acompaña, y nos informa de que Sarajevo es la única ciudad en el mundo que cuenta con una iglesia ortodoxa, una católica, una sinagoga y una mezquita en menos de 400 metros cuadrados. Por supuesto, visitamos cada una de ellas, mientras nuestro nuevo amigo, que se llama Jack, alaba la mezcla existente en la ciudad.

Pero después se pone un poco más triste para explicarnos que la gente no tiene ningún problema, que los problemas los tienen los políticos y que incluso ahora se viven situaciones que le parecen absurdas como el tener tres presidentes , o injustas, como que los serbiobosnios tengan derecho a pasaporte serbio, los bosniocroatas tengan derecho a pasaporte croata (serbios y croatas no necesitan visados para entrar en la Unión Europea en visitas de corta duración) y que los bosniacos sólo tengan pasaporte bosnio a diferencia del 50% de la población.

Nos pasea por la ciudad y es difícil obviar los malos tiempos. En el mercado, critica duramente al ejército serbio que lanzó dos bombas que causaron muchísimos muertos, “todos civiles, gente que venía a buscar qué comer, gente que trataba de sobrevivir”. Nos cuenta que él nació en Serbia, pero siempre vivió en Sarajevo. Que se quedó durante la ocupación, y que claro, los que estaban dentro eran todos iguales, fueran serbiobosnios o bosniacos. También nos cuenta que la única forma de resistir era estar todos juntos, ayudarse mutuamente, y suena a alguna película llena de buenas intenciones, a alguna frase recurrente sobre que la guerra saca lo peor pero también lo mejor del ser humano. Todo lo que me sugiere proviene de la ficción. Así debe ser.

Tras visitar la zona más austrohúngara llegamos a un parque donde hay un monumento a los niños que murieron durante la guerra, y donde comienzan las tumbas. Las tumbas están por todas partes, porque al estar sitiados, no tenían donde enterrar a los muertos. Los enterraron en los parques, en los alrededores del estadio olímpico, y en cada pequeño terreno sin edificar. Todas las lápidas muestran fechas de muerte de entre 1992 y 1995. Jack se siente incómodo, nos explica que se trata todo de gente joven, llena de vida. “En cuatro años todo se llenó de muertos, muchos amigos... en todas las familias se perdió a alguien”.

El parque está justo al pie de una colina y Jack nos informa de que podemos subir y conocer la residencia de estudiantes donde vive (Jack ya ronda los 40), y la pizzería que quiere comprar. Nos habla entusiasmado del proyecto, de cómo va a colocar las mesas, y de qué va a servir. Entretanto, nos adentramos por un barrio residencial que bien podría ser Coia. Los niños juegan al fútbol en las plazas que quedan entre los edificios, y pasamos varias tiendas de alimentación. Tras empinadísimas cuestas (en Sarajevo no puedes salirte un milímetro del centro sin subir una montaña), llegamos a su residencia. Nos muestra su habitación, que nos deprime bastante, y nos habla de que el año pasado hubo una erasmus española. Cuando acaba de ducharse vamos al bar de la residencia que hace también de cyber. Sólo hay un grupo de chicos a los que saluda entusiasmado mientras ellos nos miran con perplejidad.

Después cogemos un taxi porque estamos derrotadas. Vamos a la colina que queda cerca de nuestro hotel, desde allí, se ven unas vistas fantásticas de la ciudad de Sarajevo, solo enturbiadas por la ristra de lápidas que llena la ladera.

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domingo, octubre 25, 2009

Paseo por Sarajevo


Sarajevo es una ciudad... extraña. Si llegas a la estación de trenes, o a la de autobuses, no ves nada parecido a una ciudad alrededor. Crees imposible estar en una capital, aunque sea una de 400.000 habitantes. La ciudad está completamente rodeada (completamente) de montañas, así que, además de comprender a la perfección lo fácil que es sitiar una ciudad como esa, te preguntas dónde estan los edificios, porque en las montañas sólo se divisan casitas separadas, como aldeas en las laderas.

Una vez que te adentras por la única vía que parece verse, rodeada de altos edificios llenos de impactos de bala, pasas a una zona de edificios más bajos y repleta de cafés, similar a cualquier ciudad autro-hungara. Más allá, la ciudad, en su centro histórico, se dispersa de manera irregular, con casas separadas y bajitas, dispuestas a modo de pueblo, con minaretes oteando el cielo, con comercio bullendo en cada calle, en un tipo de ciudad que no sabes definir, porque no has estado nunca en un lugar similar.

Nosotras empezamos nuestra visita visitando el Museo dedicado al atentado de Sarajevo, ese en el que murió Francisco Fernando y originó el comienzo de la Primera Guerra Mundial. El museo, realmente, no merece el euro que cuesta, porque es una salita con algunos objetos de la época, fotos de los protagonistas y un documental sobre el asesinato en cuestión. Pero sirve para averiguar cosas que uno no sabe y para ver imágenes reales del asunto. ¿Qué averigüé? Que había un complot en el que participaban SIETE anarquistas no muy preparados que, confiando poco en sus posibilidades, se situaron en siete puntos diferentes del trayecto que Francisco Fernando haría en su visita a Sarajevo. Uno de ellos, le lanzó una bomba, pero Francisco Fernando, avispado como era, la cogió con sus propias manos y la desvió fuera del vehículo antes de que explotase –haciendo que murieran las personas que iban en el segundo coche de la comitiva-. “Uf”, debió de pensar, “me he salvado de esta por poco. Ahora ya puedo estar tranquilo”. Por lo que continuó paseándose por la ciudad, hasta que, en el puente Latino, pasó por delante de Gavrilo Princip, quien, esta vez sí, fue capaz de disparar al archiduque en el cuello. Debéis leer la historia completa, porque creedme, su cúmulo de despropósitos es reseñable.

Después fuimos a tomar un café a un bello palco de música, a dar una vuelta por una zona menos cuidada, llena de iglesias y de mezquitas, y a un lugar donde había que rezar ante siete hermanos asesinados en algún siglo remoto para cumplir deseos, como uno de los pedigüeños que estaban delante nos contó en un muy correcto francés (si alguien recuerda mejor la historia que la comparta conmigo). Delante de una Iglesia ortodoxa, una mujer llena de arrugas y de ojos azul brillante, nos coge a Tera y a mí del brazo y trata de decirnos algo. Señala el pelo de Tera, rubio, y el mío, moreno y masculla algunas palabras en italiano. Nos habla de sus hijos, nos enseña sus fotos, uno rubio y otro moreno, que están o estuvieron o quien sabe, en un hospital militar. No entendemos qué nos quiere decir, pero su cara es tan expresiva que nos cuesta irnos de allí.

Buscamos una librería, porque no podemos estar allí, viendo los impactos de las balas en los edificios, viendo las obras en la Biblioteca Nacional, sin entender que pasó allí entre 1992 y 1995. Tera compra un libro que se escribió en medio de la guerra, un manual de supervivencia donde aprende cómo iban al mercado a comprar raíces o que el deporte nacional consistía en correr por las calles para no morir en una explosión. Mientras tanto, yo ojeo mapas y guías, y una información que ya me había contado una amiga que viajó por aquí, que cuando fue el sitio de Sarajevo, turistas alemanes e italianos pagaban al ejercito serbio para que les dejasen entrar y divertirse siendo francotiradores. No porque tuviesen nada en contra de los bosnios o a favor de los serbios, sólo para vivir emociones fuertes al amparo del ejercito serbio, de las zonas tomadas y de las altas montañas. Así es el ser humano; intentemos (no) olvidarlo.

Después callejeamos por el barrio turco de las Palomas, entramos en algunos comercios (la zona es turística total, te venden fulares y pulseras en cada comercio, pero como las calles son tan diferentes sigues sintiendo mucho sabor local). Allí mismo buscamos un bar donde comer cevapi y nos aborda un hombre que cambiará nuestra mirada sobre Sarajevo, Jack.

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sábado, octubre 03, 2009

El viaje en tren a Sarajevo

A las nueve y medía de la noche partía el tren de Zagreb que debía depositarnos a las siete de la mañana en Sarajevo. En cuanto subimos, advertimos con júbilo que el tren se dividía en diferentes compartimentos, por lo que nos introducimos en uno y rezamos a dios para que ningún extraño se decidiese a perturbar la paz de nuestra habitación.

Una vez que llegamos a la conclusión de que pasaríamos la noche solas, comenzó la transformación: cerramos la puerta, subimos las maletas al portaequipaje, estiramos los asientos todo lo posible (el compartimento contaba con seis asientos, tres enfrente de otros tres, de modo que al estirarlos se unían unos con los otros formando una especie de colchón gigante que ocupaba todo el espacio), nos sacamos los zapatos, corrimos las cortinas de ventana y pasillos, nos cubrimos con nuestras toallas de playa, apagamos la luz y nos dispusimos a soñar con los angelitos.

Pero muy pronto un estruendo nos sobresaltó: ¿estaban abriendo la puerta de nuestro compartimento? ¿Alguien había encendido la luz? Se trataba del revisor, que tras advertir que su lengua era ininteligible para nosotras, se puso un poco nervioso y trató de hacerse entender mediante gestos. Cogió la mochila de Tera y hizo que Tera la abrazase repetidas veces, señalando hacia fuera. Raquel rápidamente comprendió: no quiere que dejemos las cosas tan descuidadas, por si nos roban. Cogimos los bolsos, con las carteras y las cosas de valor y los pusimos debajo de la cabeza. Pareció tranquilizarse y se fue.

Y volvió a los cinco minutos, acompañado de un jovencito que, como era estudiante, sabía un poco de inglés, y al que le resultó muy graciosa la tienda de campaña que nos habíamos montado. Nos contó (mientras el revisor afirmaba con la cabeza) que él solía hacer ese trayecto y que había muchos robos. Que el revisor nos recomendaba dejar la luz encendida y hacer turnos, para que una velara mientras otras dos dormían. Aseguramos que así lo haríamos y, ahora sí, mucho más tranquilo, el revisor nos sonrió y nos deseó (imagino) buenas noches.

Raquel veló el primer turno, del que yo, por supuesto, no sé nada, pero ella afirma que hombres muy sospechosos paseaban de un lado a otro. El segundo turno fue el de Tera, que se vio interrumpido por nuestro querido revisor, que finalmente, venía a por nuestros billetes. Raquel se despertó de repente, con el pelo revuelto, y cito textualmente: “yo me desperté sobresaltada, con el pelo caótico y él me lo colocó de forma tierna (y paternal) -no había nada sexual- que te acaricie un revisor de tren es extraño cuando menos”.

Finalmente me tocó a mí, saqué mi libro, me puse los cascos y desafié al sueño. Mi turno era el mejor, porque comenzaba a amanecer, así que dejé libro y cascos y me concentré en el paisaje que se empezaba a intuir, en las múltiples estaciones de tren donde hombres fatigados encendían la luz verde para que pudiéramos partir y mujeres de negro subían apresuradas al tren –es todo tan poético al alba-; en nuestro querido revisor, que cada vez que pasaba ante el compartimento, me saludaba expresivamente con la mano y fingía quedarse dormido, en los hombres que pasaban por delante con las manos en los bolsillos, y miraban hacia dentro, y volvían a pasar para asegurarse de que había alguien despierto, y sí, por supuesto, ahí estaba yo vigilando todos nuestros bienes materiales.

Bosnia me pareció un país de montañas abruptas y árboles casi horizontales. El color gris de la niebla de la mañana le prestaba al paisaje un tono onírico fantástico. Las montañas se sucedían muy rápido, mientras yo trataba de apresar aquellos postes telefónicos contra los montes. Pero sobre todo, Bosnia es un país donde en cada pueblo aparecen casas a medio construir. Casas en las que parece que no vive nadie, y casas en las que puedes apreciar cortinas en el piso de abajo, pero el piso de arriba, tras ser destruido, nunca se volvió a reconstruir. No eran ruinas, ni casas destruidas, eran casas dejadas a la mitad, o a los tres cuartos, o todo menos la pintura. Casas en las que las obras se habían limitado a la necesidad de hacerlas habitables.

(pd. Poco después, en una conversación con un amigo de Tera, éste nos contó que cuando él había cogido ese mismo tren, habían gaseado varios compartimentos para robar –pero no tuvo a bien avisarnos antes-. Quede claro que eso pasa en muchos sitios y que no lo asociamos al lugar en sí ni a la maldad intrínseca de sus habitantes –como susceptiblemente malinterpretó el amigo que hicimos en Sarajevo-).

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